Las mujeres consagradas comparten con todas las otras los aspectos típicos de la mediana edad a los que nos hemos referido. Existen además elementos que implican nuevas dificultades inherentes a su estado de vida religioso, los valores que han sido válidos hasta ahora parecerían decaer, o al menos ya no se logra darles una confianza incondicionada. 

Como consecuencia la certeza de un tiempo pierde mucho de su valor absoluto y a menudo dejan indiferentes. A veces sucede que las consagradas no encuentran el propio lugar, se sienten fuera de sitio, inciertas de sí y de los otros. 

Se descubren experimentando sentimientos que antes eran extraños: celos, envidia, competición. Puede suceder que las motivaciones que sostuvieron hasta hoy improvisamente aparezcan inconsistentes, las mismas motivaciones vocacionales no convencen más. 

La fe parece volverse frágil. Se hace un balance de la propia vida, se evalúan las relaciones, las elecciones apostólicas (quizás frente a la presencia de una generación más joven que es más eficiente y competente), se revisa hasta la propia elección de vida. Se pregunta: «¿Me equivoqué en todo?», «Soy adecuada?». Enojos improvisos y rencores inexplicables, momentos de profunda melancolía hacen difíciles las relaciones interpersonales, en particular en la vida de comunidad. 

A veces pueden surgir deseos prepotentes contrarios al estado de vida elegido. Se pregunta: «¿Quién soy? ¿En qué me convertí?». El cuerpo con sus achaques crecientes, la pérdida progresiva de las fuerzas y de la belleza juvenil, los cansancios hacen sentir la distancia del «antes éramos…». 

Si la mujer consagrada vive bien la dimensión del tiempo que transcurre, podrá hacer que su experiencia de vida dé fruto y reencontrar una nueva estación de renovada fecundidad espiritual, descubriendo su maternidad espiritual en una nueva forma. El secreto, de hecho, para una buena calidad de esta fase de la vida depende de una correcta y vivificante relación con lo cotidiano. 

Vivir el hoy significa juntar la estructura de sí, el propio pasado y el propio futuro, en la alegre aplicación al momento presente. Cuando llega la noche, se sabe que hay algo de la jornada que puede no haberse perdido: Alguno lo recogió. Esto da paz. Lo cotidiano puede alimentar lo escatológico e introducirlo hacia su plenitud. En este sentido «un día es como mil años». La calidad de la vida y el bienestar que deriva de ello, dependen por lo tanto de la «valencia escatológica» de una existencia, y ello más aún en la vida consagrada. La etapa de la mediana edad puede ser un momento favorable y lo cotidiano puede volverse el lugar privilegiado de este tiempo favorable. 

Vivir bien lo cotidiano significa vivir constantemente de auténticas relaciones. De esto depende la calidad de la vida. Generalmente la persona consagrada ya pasó a través de las etapas de purificación de las primeras expectativas con sus altos ideales, a menudo 7 irrealistas. Ha vivido la así llamada «prueba de realismo», es decir, la inevitable desilusión de sí, de la propia comunidad y congregación, de la propia vocación. 

Estos pasajes no son vividos una vez para siempre, se repiten varias veces en la vida. La mediana edad y la menopausia constituyen un nuevo «pasaje» todo depende de cómo la persona logra afrontar las nuevas desilusiones emergentes, para pasar a una nueva aceptación de sí, de su límite/fragilidad, de su edad, del pasar del tiempo. Se llega así a la «pobreza ofrecida»: los aspectos antes mencionados de la crisis pueden volverse un trampolín de lanzamiento para una nueva etapa de la vida. 

Es verdad que hay que hacer las cuentas con las disminuciones físicas y con los malestares psíquicos, pero crece también una madurez humana y una sabiduría de vida que se vuelven aspectos preciosos en las relaciones, tanto comunitarias como apostólicas. Las experiencias de vida acumuladas dan una buena base de confianza en sí, para recuperarse de los malestares que a menudo son solamente emotivos y superficiales.