Lamentablemente, en la vida real, los intercambios no siempre son tan graciosos y las consecuencias rara vez son tan banales. Los terapeutas hemos aprendido que ciertas relaciones enfermizas son realmente capaces de producir grandes daños, especialmente si se mantienen durante años, llegando a constituir mucho más que un simple juego de a dos, transformándose en verdaderas adicciones o vínculos viciosamente cerrados y destructivos.

Quizá la mayor complicación de las patologías vinculares es que, como sucede con la adicción a las drogas, todo comienza ofreciendo el sueño de una situación deseada y esperada:

“El compañero o la compañera que el destino ha cruzado en mi camino me dará por fin lo que siempre me he merecido y nadie fue capaz de brindarme. Incluida la efímera sensación de que por fin estamos en una relación segura de la que nunca deberemos cuidarnos”.

Demasiadas veces las relaciones más tóxicas se parecen al genio de la lámpara del relato de Las mil y una noches

Aparecen en nuestra costa como un regalo del cielo, se presentan diciendo que están a nuestro servicio, que nos ayudarán a realizar nuestras tareas con mayor facilidad, que quieren evitarnos todo problema y angustia, que ya no tendremos razón para preocuparnos por el futuro.

Y como en el cuento, en el comienzo parecen tener el poder y la voluntad de cumplir lo que han prometido.

Pero tarde o temprano despertamos a la realidad. Nuestro genio encantado exige cada vez más y nos cuesta más caro conformarlo. Aquel que prometía ser nuestro servidor y protector se vuelve nuestro enemigo, y su poder, lejos de tranquilizarnos, nos inquieta.

Igual que sucede con las drogas, el alcohol, la comida, el sexo o el dinero, la puerta que parecía conducirnos a un mar de soluciones se transforma en una siniestra espiral de problemas y presiones.

RECUPERAR NUESTRO PODER

La salida está en comprender la realidad de la situación y asumir nuestra responsabilidad, tanto en el problema como en la solución. El camino es el de una verdad que no podemos olvidar:

Difícilmente alguien tendrá sobre mí un poder que no sea el que yo le di

Si no me olvido y me doy cuenta de que yo te di este poder, entonces debo darme cuenta también de que puedo retirártelo.

Quizá no haya mejor consejo que aquel de nuestras madres cuando nos recomendaban cuidarnos de las malas compañías. En el fondo, sin saberlo, se referían a aquellas personas que son capaces de sacar en demasiados momentos lo peor de nosotros.

Termino con la maravillosa frase de uno de los más grandes humoristas de la historia, Groucho Marx, que en una de sus películas decía: “No estoy asociado a ningún club, porque yo nunca aceptaría ser socio de un club que aceptara socios como yo”. 

Tu amiga

Mercedes Veredú